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Otro gran cuentista para descubrir: Robert Louis Stevenson.


     En solo 44 años de vida el escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) se transformó en uno de los más importantes narradores de la lengua inglesa del siglo XIX.  Es así que en su corta vida, pero prolífica carrera tras la pluma, entre todos los libros que firmó se encuentran dos novelas que hoy en día no solo son verdaderos clásicos, sino que se encuentran dentro del conocimiento público, incluso entre quienes no acostumbran a leer  (todo gracias a las múltiples adaptaciones a otras expresiones artísticas que se han hecho de ellas a través de cine, la televisión y los cómics), lo que demuestran sin duda el enorme atractivo de sus acontecimientos, personajes y temas.  Uno de estos dos libros viene a ser nada menos que La Isla del Tesoro, obra cumbre de la prosística de aventura, que por aquellos años en que se publicó por primera vez (1883), comenzó a popularizarse gracias al trabajo de colegas suyos como Julio Verne y Emilio Salgari.  Por otro lado, su texto El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde,corresponde a una de las obras de horror más influyentes en la historia del género, al tratar temas tan caros a nosotros mismos desde la época de los mitos, tales como tópico del doble y las consecuencias nocivas de inmiscuirse en los misterios de la naturaleza (o sea, la soberbia humana de querer controlarlo todo).   No obstante no solo en la narrativa larga y hasta en la lírica, como en la no ficción (gracias a sus varios libros de viajes), destacó este artista, sino que también sobresalió como cuentista gracias a varios cuentos (publicados originalmente en revistas y luego en compilaciones), que de igual manera se encuentran entre lo mejor de este formato.  Uno de estos tomos corresponden Al Club de los Suicidas y El Diamante del Rajá, series de relatos interrelacionados entre sí y que su autor luego reagrupó junto a otros títulos bajo el nombre genérico de Las Nuevas Noches Árabes (1882).
      Pues estas dos colecciones poseen como personaje recurrente al Príncipe Florizel de Bohemia, quien en algunos de ellos participa de protagonista y en otros de secundario, aunque siempre destacando en todos gracias a su agradable personalidad.  Este corresponde a un sujeto joven y aun así bastante sabio, heredero al trono de su nación, quien destaca además por su hermosura e inteligencia; de igual modo también posee un gran corazón y bastante sencillez, que lo llevan a usar su poder económico para remediar varios entuertos de la gente con la cual se cruza por azar en su camino.   Se trata de un sujeto de connotaciones casi angelicales o más bien idealizado, quien participa directa e indirectamente de los tres textos que comprenden El Club de los Suicidas y los cuatro que componen El Diamante del Rajá. Asimismo, debe saberse que la tetralogía transcurre tiempo después de  lo sucedido en los relatos que le preceden.
     El primer libro se llama así debido a una oscura institución que descubre el príncipe y que anda detrás de la manipulación de sujetos de tendencia suicida.  Luego tras  terminar el primer relato, el príncipe Florizel (nombre sacado de un personaje de Shakespeare, siendo que además su “florida” composición sin duda hace alusión a la idea de belleza y pureza que representa el personaje) se decide a terminar con los sucios negocios del director de esta agrupación. 
     La Historia del Hombre de los Pastelillos de Crema es el primer cuento que forma parte de El Club de los Suicidas.  En él aparte de conocer al príncipe y la nefasta agrupación que da nombre al libro, entra en escena el coronel Geraldine, amigo y servidor del aristócrata, quien toma distinta relevancia en los tres textos que forman parte de este corpus. La historia comienza mostrando a un príncipe Florizel como alguien frívolo, dando al engaño y amante de las aventuras…Con posterioridad quien pareciera alguien que gusta de jugar con la inocencia de la gente, se revela luego como el ya mencionado sujeto de naturaleza benigna.  Ahora bien, volviendo al contenido de este relato, en uno de sus viajes buscando nuevas experiencias, Florizel y su compañero se encuentran con un muchacho que les acapara la atención y a quien tras una interesante charla deciden acompañar al llamado Club del Suicidio.  En este lugar es posible hallar a otros individuos curiosos y es dentro de sus paredes que las prácticas del club terminan por horrorizarlos.  De este modo el príncipe, quien ama la rectitud, se promete a sí mismo y a su amigo a acabar con este reino del mal.  La descripción de este sitio y de sus personajes resulta sin dudas memorable y se refiere sin duda al vacío de los sujetos que han llegado tan bajo dentro de sus miserias, que terminan perdiendo las esperanzas y su amor propio.  No obstante las circunstancias que llevan a los miembros de este particular gremio, una vez que entran en los misterios de su dinámica, los lleva a apreciar lo que más deseaban desechar.  Por lo tanto el cuento se transforma en una reflexión sobre el sentido de la vida y su propio valor como algo que merece todo el respeto posible.

     “Se dio la vuelta y empezó a introducirse entre los presentes. Acostumbrado a hacer de anfitrión en los círculos más selectos, pronto sedujo y dominó a todos a quienes conocía; había algo a la vez cordial y autoritario en sus modales y su extraordinaria serenidad y sangre fría le conferían otro rasgo de distinción en aquel grupo semienloquecido. Mientras se dirigía de unos a otros, observaba y escuchaba con atención y pronto se hizo una idea general de la clase de gente entre la que se encontraba. Como en todas las reuniones, predominaba una clase de gente: eran hombres muy jóvenes, con aspecto de gran sensibilidad e inteligencia, pero con mínimas muestras de la fortaleza y las cualidades que conducen al éxito. Pocos eran mayores de treinta años y bastantes acababan de cumplir los veinte. Estaban de pie, apoyados en las mesas, y movían nerviosamente los pies; a veces  fumaban con gran ansiedad y a veces dejaban consumirse los cigarros; algunos hablaban bien, pero otros conversaban sin sentido ni propósito, sólo por pura tensión nerviosa. Cuando se abría una nueva botella de champán, aumentaba otra vez la animación. Sólo dos hombres permanecían sentados. Uno, en una silla situada junto a la ventana, con la cabeza baja y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón; pálido, visiblemente empapado en sudor, y en completo silencio, era la viva representación de la ruina más profunda de cuerpo y alma. El otro estaba sentado en un diván, cerca de la chimenea, y llamaba la atención por una marcada diferencia respecto a todos los demás. Probablemente se acercaría a los cuarenta años, pero parecía al menos diez años mayor. Florizel pensó que jamás había visto a un hombre de físico más horrendo ni más desfigurado por los estragos de la enfermedad y los vicios. No era más que piel y huesos, estaba parcialmente paralizado, y llevaba unos lentes tan gruesos que los ojos se veían tras ellos inceíblemente enormes y deformados. Exceptuando al príncipe y al presidente, era la única persona de la reunión que conservaba la compostura de la vida normal.
      Los miembros del club no parecían caracterizarse por la decencia. Algunos presumían de acciones deshonrosas, cuyas consecuencias les habían inducido a buscar refugio en la muerte, mientras el resto atendía sin ninguna desaprobación. Había un entendimiento tácito de rechazo de los juicios morales; y todo el que traspasaba las puertas del club disfrutaba ya de algunos de los privilegios de la tumba. Brindaban entre sí a la memoria de los otros y de los famosos suicidas del pasado. Explicaban y comparaban sus diferentes visiones de la muerte; algunos declaraban que no era más que oscuridad y cesación; otros albergaban la esperanza de que esa misma noche estarían escalando las estrellas y conversando con los muertos más ilustres”.

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     Historia de un médico y un baúl de Saratoga es quizás el más divertido relato que comprende este ciclo, debido a todos los enredos que posee, en especial por su tono medianamente satírico e inesperados giros argumentales.  Acá el heredero al trono de Bohemia ya no es el protagonista, no obstante a partir de aquí se transforma en el nexo de este título y los que le vienen, terminando por concluir bajo su persona el arco argumental de El Club de los Suicidas y El Diamante del Rajá con él.  En el caso concreto de esta segunda entrega, se trata de un hombre inexperimentado que debido a su propia ineptitud, se ve envuelto en una intriga que lo lleva a participar de un crimen y que llega a convertirse sin querer en el cómplice del verdadero culpable.
     Por último la trilogía se cierra con La Aventura del Cabriolé, en la cual un viajero como el anterior, si bien resulta ser alguien de más luces, llega hasta un edificio en el que se realiza una extraña fiesta y que esconde un propósito aún mucho más insospechado que la manera en la que su protagonista llegó a la reunión.  Cómo este cuento se conecta con el primero y el segundo, cuando en apariencia ninguno tiene que ver entre sí, demuestra sin dudas la genialidad de su autor para hacer que todas sus obras pertenezcan a un mismo universo ficcional.  Es así como además mantiene los mismos rasgos caracterizadores, que tienen relación con los temas planteados y el tipo de personajes que podemos hallar en ellos.  De este modo la presentación de la maldad inherente al ser humano, la que además es contrastada con la bondad de nuestra misma especie, evidencian una batalla moral en la cual lo que está en juego viene a ser nada menos que la salvación de nuestras almas, tras enfrentarse a todo tipo de tentaciones.  Esta lucha que subyace en el corazón de hombres y mujeres, toma ribetes mayores en la siguiente colección de relatos, gracias a la presencia de un solo objeto que acapara la atención de quien entra en contacto con él.
     El Diamante del Rajá llega a ser una joya tan magnífica, que su simple contemplación resulta ser una invitación a la codicia y a la gula para hasta los entonces justos de pensamiento y obra.  Por lo tanto nos encontramos con una belleza, que tal cual muchos ejemplos de la Antigüedad, esconde una naturaleza satánica, puesto que trae la perdición a quien termina por seducirlo.  Por ende los cuatro relatos unidos bajo este nombre, irán cubriendo lo que pasa con cada uno de los nuevos dueños de la maldita piedra preciosa.
     En Historia de un Estuche nos enteramos acerca del origen de esta alhaja y cómo tras su extravío se inicia toda una serie de eventos desafortunados, que terminan tal como en el caso de El Club de los Suicidas con un final sorprendente.  En el caso de esta primera narración de la tetralogía, una vez más se trata de un joven que se deja llevar por sus impulsos y que actúa con poco criterio, quien se ve envuelto en una situación que lo supera.  Pues su aventura y desventura también toma ribetes cómicos, aunque no por ello nuestro narrador deja de causarnos admiración y de entretenernos con todo lo que aquí ocurre.  Entre medio aparece una mujer con connotaciones de femme fatale, quien tal como ya sucedió con  Historia de un médico y un baúl de Saratoga,demuestra cómo los hombres podemos caer redonditos y babeando por una cara bonita.
     Tras el desastroso desenlace del cuento anterior, en Historia de un Joven Sacerdote, el Diamante del Rajá llega a las manos del nuevo protagonista, un hombre que a diferencia del anterior no se encuentra motivado por el amor ciego para cometer sus estupideces, sino que pierde la compostura por la pura codicia.  La personalidad de quien debería ser alguien mucho más probo, si se considera a lo que se dedica, lo convierte en uno de los personajes más patéticos de esta serie de historias (y sin embargo, pese a todo, demuestra que necesariamente no se debe ser malvado para caer en desgracia ante las tentaciones).
    
    “Casi nada sabía el señor Rolles de piedras preciosas, pero el Diamante del Rajá era una maravilla que se explicaba a sí misma; un niño que lo encontrase en una aldea habría echado a correr dando gritos a la casa más cercana; un salvaje se habría prosternado para adorar un fetiche tan imponente. La hermosura de la gema halagaba la vista del joven religioso; la idea de su valor incalculable abrumaba su inteligencia. Comprendió que tenía en la mano algo de mayor valor que muchos años de rentas arzobispales, que con una piedra como ésta sería posible construir catedrales más majestuosas que las de Ely o Colonia; quien la poseyera se libraría para siempre de la maldición primordial, podría seguir sus inclinaciones sin prisas ni inquietudes. Levantó el diamante, lo giró y otra vez despidió rayos fulgurantes que le atravesaron el corazón. Las decisiones más graves se toman a veces en un instante y sin intervención consciente de las partes racionales del hombre. El señor Rolles miró nerviosamente a su alrededor; como antes el señor Raeburn, no vio sino el jardín de flores lleno de sol, los árboles de altas copas frondosas, la casa con las ventanas cerradas; en un segundo cerró el estuche, se lo metió en el bolsillo y ya se dirigía hacia su estudio con la rapidez de la culpa”.

    
      La Historia de la Casa de la Persianas Verdes se afirma en quien fuese un personaje secundario en la anterior y que acá pasa a ser el antagonista del héroe romántico que aparece en sus páginas; por lo tanto el verdadero protagonista de la singular fábula amorosa que viene a ser este relato, se transforma en uno de los pocos sujetos realmente admirables de todo el libro.  La vida entre el idealista muchacho y el villano se unen por más de una razón acá, dando al lector uno de los momentos más emotivos si se toma en cuenta el resto de estas narraciones.  Es entonces que queda señalado en el argumento, que el amor y un corazón puro, sumado a la inocencia y la buena voluntad,  pueden superar lejos el mal que subyace entre nosotros.  Si el personaje principal corresponde a alguien virtuoso, como el mismo príncipe Florizel, su contrapartida es alguien tan despreciable que llega a ser maniqueo en su caracterización (pues su fealdad física no es otra cosa que la corporización de su pobreza espiritual).
     Por último la Historia del Príncipe Florizel y un Detective cierra todo este ciclo y el anterior, llevando al noble a una humanización de la que antes se le privó, gracias a que por fin podemos llegar  a conocerlo mejor en toda su fragilidad (importante al respecto para tomar conocimiento de ello, viene a ser el diálogo final que este tiene con su coprotagonista, que nos demuestra la duda detrás de la facha de seguridad del personaje).  Si bien es el cuento más breve de los leídos, no está exento de maravilla y de belleza estética, tras saber que se tiene en las manos una ficción recomendable para todos los que se jactan de amar la alta literatura.
     En los cuentos que comprenden El Club de los Suicidas y El Diamante del Rajá abundan los sujetos de nulo decoro y además son descritos como verdaderos parias; luego estos mismos contrastan con la luz que podemos encontrar en el mencionado príncipe de Bohemia y unos pocos más.  A la dimensión moral de estos textos, que les otorga sublimidad en los episodios más emotivos, se agrega el humor que a ratos cae en el absurdo y en otros pareciera ser autoparódico, por cuanto los tropiezos de los personajes son remediados con demasiada buena fortuna, tras contar con el favor del príncipe.   El efecto de esto último le quita verosimilitud a lo conseguido con anterioridad, pese al aire extraordinario con el cual suceden muchos de sus acontecimientos; es así como estos finales felices bien pueden responder al deseo de su autor de jugar con las convenciones clásicas de los relatos del pasado, más si se recuerdan su inspiración arábiga medieval, donde muchas veces la buena voluntad termina por superar cualquier mal que se presente.

*

     La versión que poseo de estos relatos, corresponde a una ya vieja traducción de la extinta editorial Andrés Bello y que recién vine a leerme tras más de veinte años de haberla adquirida (lleva una sentida dedicatoria de mi ex profesora de castellano, Pabla Ibaceta, de quien fui discípulo en mis últimos años de escolaridad, amiga mía desde aquella época y que durante mi adolescencia era una de las pocas personas con las que podía hablar feliz acerca de mi amor por la literatura).  Pues este tomo agrega a los anteriores un cuento más y de carácter independiente, ya que no pertenece a los dos arcos argumentales ya abordados; no obstante forma parte del compilatorio más grande de buena parte de la narrativa breve de Stevenson, mencionado al comienzo de esta entrada.
     Se trata de Albergue Nocturno (Historia de Francisco Villón), quizás el más sobrecogedor y humano cuento de los que aquí me he referido.  Su protagonista resulta ser un personaje histórico francés, un poeta marginal de origen humilde, quien vivió en pleno siglo XV (nacido en fecha incierta y desaparecido en iguales circunstancias).  Pues el escritor toma a su persona para describir una vez más a alguien de pocos escrúpulos, un verdadero criminal de poca monta, que no obstante guarda dentro de sí la figura de un hombre sensible y con una labia digna de todo un artista de la palabra.  El narrador no obstante no escatima en convertirlo en alguien indigno, de conductas reprobables, en especial cuando lo hace cometer los actos más bajos que a uno se le podrían ocurrir. Es así que escapando de las gélidas noches de invierno, llega hasta la casa de un anciano solitario, quien lo acoge.  Las diferencias entre uno y otro son garrafales y el diálogo acalorado que se da entre ambos, una vez que el hombre mayor descubre la verdadera naturaleza de su invitado, corresponde a la prosa poética más emotiva, por cuanto además en las palabras de ambos se sostienen dos tesis contrarias acerca de la vida misma y las elecciones que tomamos para dirigir nuestros pasos en ella.  Por otro lado, viene a ser un verdadero texto argumentativo escondido tras la retórica de un artista, el cual nos sorprende con su faceta más noble, aún en quien se supone no es dado a las virtudes.   No está demás decir que en determinado momento, antes de que anfitrión y convidado inician su discusión, el lector no tiene idea de para dónde irá todo, por lo que una vez sellado el destino de sus personajes resulta imposible desechar de la memoria tan precioso desenlace.


    “-¿Pero creéis que yo no poseo el sentido del honor? -exclamó--. iSoy bastante pobre, Dios lo sabe! Es muy triste ver a los ricos con las manos enguantadas y que uno tenga que soplarse los dedos. Una panza vacía, aunque vos habléis de ello tan a la ligera, es cosa bien amarga. Si lo hubieseis experimentado tantas veces como yo, tal vez hablarías de otro modo. Admitamos que yo sea un ladrón..., el más ladrón, pero no soy un desalmado ¡así Dios me confunda! Yo puedo demostraros que poseo un honor de mi exclusividad, tan digno como pueda ser el vuestro, sin necesidad de estar a todas horas jactándome de él, como si fuera un milagro de Dios. A mí me parece lo más natural del mundo tener honor; lo que ocurre es que yo lo mantengo guardado hasta que lo necesito... ¡Fijaos!...  ¿Cuánto tiempo llevo aquí con vos? ¿No me dijisteis que os hallabais completamente solo en la casa? ...¡Contemplad esa vajilla de oro! ...Podéis ser un hombre fuerte, no lo dudo, pero sólo eres un anciano y no lleváis armas, y yo tengo mi cuchillo. ¿Quién me impide, con un pequeño movimiento de la mano, hundiros el cuchillo en las tripas y marcharme a la calle tranquilamente con un buen botín?.. Pero me repugna esa acción. Vuestros tesoros están tan seguros como si se hallasen en una iglesia; vuestro corazón puede latir como si fuera nuevo... y aquí estoy yo, decidido a irme, tan pobre como vine, con la blanca que tanto me habéis echado en cara... ¿y vos os figuráis que carezco de honor? ¡Así Dios me mate!”.


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