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Channel: El Cubil del Cíclope.
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Así era en mis tiempos (tercera parte).

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I- El diskette. 

     Se trata de un dispositivo de almacenamiento externo digital, o sea, creado para guardar en él archivos computaciones (entre textos, programas, imágenes y otros), que se masificó entre los usuarios de los también llamados “ordenadores” (que en España les llaman así).  Ganaron gran popularidad gracias a la fácil manipulación de esta tecnología, debido a sus bajísimos costos, sus pequeñas dimensiones, como también a su poco peso, una vez que fueron perfeccionándose sus características y que permitían transportarlos hasta en los bolsillos de la gente.
     Existieron distintos tipos de diskettes, desde que en 1971 comenzaron a usarse, de modo que una vez que la informática se hizo más accesible al público masivo, ya era habitual usarlos para guardar en ellos lo que uno necesitara y entre ellos los estudiantes que podían dejar en estos sus trabajos para el colegio, los institutos y universidades (recuerdo, incluso, que a comienzos de la década pasada algunas instituciones entregaban varios de estos artículos a los alumnos de escasos recursos, junto a otros materiales de uso escolar).
     De configuración cuadrada y delgada, con una lámina magnética protegida por una cubierta para protegerla, se metían en una ranura acondicionada en los computadores, de modo de poder tener acceso a los datos que tenían o grabar en ellos lo necesario.  Lamentablemente, eran bastante frágiles y se echaban a perder con facilidad, además de que no tenían mucha capacidad de almacenamiento (al menos los que yo llegué a usar, solo podían retener un megabyte y medio); por mi parte, debía mantener varios de ellos a mano y era habitual que a veces reciclara viejos dispositivos (formateara) algunos que me regalaban ya usados, que con lo despistado que era se me perdían con facilidad…Por cierto,  de puro tonto no me compré unos estuches que habían para mantenerlos resguardados.
    Luego llegó el pendrive y destronó por completo a los diskettes, que se discontinuaron alrededor del año 2000.  Igual salió la tecnología de los cd de datos y luego la de los DVD, que lejos tienen más capacidad para almacenar, de modo que cuando comenzaron a vender los computadores con grabador, los diskettes quedaron por completo obsoletos.
II- Las máquinas de escribir.

    Estos aparatos hoy en día tan recordados por quienes llegamos a usarlos y vivimos buena parte de nuestras vidas a partir del siglo pasado, aparecieron nada menos que a finales del XIX y todavía siguieron produciéndose, evolucionando y ocupándose hasta principios del presente siglo.
    Su relevancia dentro de la sociedad era tal, que secretarias y escritores durante todo ese tiempo en el que fueron populares, en todo momento eran relacionad@s con estos aparatos y no faltaban las imágenes y caricaturas que l@s mostraban usándolas.  Asimismo, quienes estudiaban para dedicarse al noble oficio del secretariado, tenían clases para aprender a utilizarlas, de tal manera que pudieran escribir lo más rápido posible y ocupando una especie de símbolos; esta disciplina se llamaba taquigrafía.  Paralelo a lo anterior, existía la dactilografía, que les enseñaba a teclear con todos los dedos a los usuarios (aún recuerdo que cuando comencé a hacer clases, por allá a principios de la década pasada, me tocó reemplazar a una profesora que aparte de realizar el ramo por el cual yo estudié, le hacía estas otras asignaturas a las estudiantes y tuve que tomar esas horas…que menos mal las clases ya estaban planificadas y las estudiantes estaban lo suficientemente avanzadas como para que yo no hiciera el ridículo, que en la práctica solo tenía que dedicarme a cuidarlas mientras ellas realizaban sus labores).
     Si de impacto en nuestra cultura popular de estas máquinas se refiere, no puedo quitarme de la memoria la imagen de la señorita Gertrudis, un caricaturesco personaje del segmento La Oficina, del recordado programa chileno humorístico Jappening con Ja y donde siempre la mostraban usando una de esas viejas y pesadas máquinas de escribir; de igual manera recuerdo con mayor detalle al novelista Paul Sheldon, el protagonista de Misery, el célebre libro de Stephen King y quien es obligado a escribir una nueva historia de su heroína literaria, ocupando una máquina cuyo teclado no tenía la letra N, que luego sobre las hojas mecanografiadas debía completar “a mano” (quien más encima hacia el clímax de la narración, se ve obligado a darle un uso muy especial a la misma máquina…un claro simbolismo de la tortura en la que se había transformado ese objeto, desde que estuvo recluso); y tampoco puedo olvidar a la serie Fringe, donde se ocupaba uno de estos artefactos para comunicarse con el universo alterno y de modo que a medida que se escribía en ella, era posible leer en el otro lado lo que se tecleaba sobre una hoja.

Gertrudis (la de verde), su vieja máquina, su busto de Beethoven y su teléfono negro (otro objeto del pasado).

      Entre 1990 y 1993 cursé la Enseñanza Media (lo que en otros países llaman Secundaria), previo a entrar a la universidad; fue por aquellos años que mis papás me compraron una máquina de escribir electrónica, para hacer mis trabajos del colegio y que la usé hasta los últimos años del pregrado, cerca del cambio de milenio.  Creo que nunca antes había usado los viejos equipos manuales, esos en los que se debía presionar fuerte sobre las teclas; no obstante, aun cuando este aparato funcionaba enchufado a la electricidad, seguía teniendo ese rollo que se giraba para poner el papel en blanco.  Existían ya modelos que tenían una pantallita para ver lo que uno escribía y así verificar si había que corregir algo, antes de poner “aceptar” o algo así y que esto pasara al papel; pero como el que tenía yo no era tan avanzado, debía ocupar unas cintas blancas que se ponían en la máquina y permitían corregir los entuertos.  Se me viene a la memoria la tremenda alegría que me dio cuando mi papá llegó con su regalo, que muchas veces me daba sorpresas de este tipo cuando yo era estudiante…y es que de ahora en adelante ya nunca haría mis trabajos a mano (las famosas carpetas que nos mandaban a hacer en aquel tiempo).  A veces cuando la tarea era en pareja o en grupo, nos compartíamos entre los compañeros la labor de escribir a máquina y recuerdo que a veces una de las hermanas mayores de mi habitual socio de trabajos en el cole, quien era efectivamente secretaria, nos pasaba buena parte de la labor a máquina (que yo se la pasaba contento) y de ese modo lo que nosotros tardábamos una eternidad, ella lo acababa en un santiamén.
     Hice la mayor parte de mis labores a máquina en la universidad, hasta que cuando estaba en quinto año y ya estaba ejerciendo (aún sin titularme) me compré un computador.  No obstante mucho antes de eso, llegó a mi vida mi querida amiga y comadre (que soy padrino de sus hijos) Leddita y le prestaba mi máquina de escribir para que se ganara una platita extra, traspasando trabajos de gente que se los encargaba y quien cobraba por hoja hecha; incluso ella tuvo un buen tiempo el dichoso instrumento consigo, cuando yo ya no lo requería debido al PC que había adquirido.  Yo también me dediqué a pasarle a máquina sus trabajos a otra amistad que tuve, si bien no como una manera de conseguir una remuneración, sino puro enamorado que estaba y eso incluso me ocupaba algunas altas horas de la noche, puesto que como trabajaba, no le sobraba el tiempo como a mí; más encima por esos días yo tenía muy agravado mi problema de estrabismo en el ojo izquierdo y pasaba visco, hasta que me operaron y quedé OK (otra atención de mis padres); en la actualidad esa persona ya no forma parte de mi existencia y no por decisión mía, aunque me resulta imposible no relacionar esa máquina de escribir con esos actos que realicé no sé si por ser un tonto o simplemente estar obnubilado por el amor.
     Hace unos meses atrás buscando no sé qué cosa entre los “cachureos” de la casa, me encontré con mi vieja máquina de escribir.  Solo ahora en que escribo estas líneas me da nostalgia de ella, que la tecnología de los computadores me ha sido lejos mucho más amigable, como los mismos recuerdos con los que relaciono tales días.


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